
Me resulta curioso. Sobre la vereda de una calle de un barrio porteño se encuentra un árbol cuyas naranjas ya están maduras. Están en lo alto del mismo. Como nadie las recoge, caen por su propio peso.
Mientras tanto, la gente pasa, transitando por el lugar. Las señoras del vecindario comentan "lo mal que están las cosas", de "lo cara que está la vida". La gente pasa al rítmo que caracteriza al ciudadadno medio. Siempre en apuro, proyectándose sin ver demasiado lo que sucede a su alrededor. Lo más próximo e inmediato pasa desapercibido.
Pasan los cartoneros, abren las bolsas de la basuras, que han sido sacadas a destiempo, extraen de las mismas aquello que consideran que les puede ser útil. Pero al árbol y sus naranjas no parecen verlo.
Las naranjas caen, muchas de ellas se parten por el impacto de la caída. Algunas permancen enteras. Y sin embargo, están ahí, completamente desapercibidas.
El paseo que hago con los perros es un buen pretexto para agarrar algunas de estas frutas. Como a nadie parecen interesarle cada tanto me llevo una naranja para casa. Marcela hace unos dulces muy ricos y seguro que las mismas serán utilizadas. Es un manera de "honrar" al naranjo haciendo jugo o dulce con sus frutos.
Me pregunto cuántos recursos hay a nuestro alrededor que son desaprovechados. Cuántos metros de tierra en los que podrían plantarse cosas. Cuantos espacios que están y quedan literalmente vacíos.
Más allá de las naranjas, el árbol es una metáfora. Un indicador que me señala nuestra flaqueza creativa. De pretender que las soluciones vengan de "arriba". Buen pretexto para no hacer las cosas por nosotros mismos. Y seguir quejándose. Una pena...