
Voy al correo, tengo que hacer un trámite que requiere una relativa urgencia. Saco el correspondiente numerito y espero. Entra un hombre de indefinida edad y le pregunta a uno de los empleados: ¿qué hacés Pancho? El empleado (Pancho) responde: "aquí andamos en la lucha, como siempre..."
Acompaño a mi mujer al verdurero, atrás mío oigo a dos señoras del barrio que están hablando entre ellas; "y sí, esa chica se equivocó, tendría que haber esperado un poco más y no irse a vivir tan pronto con el candidato ese..., para colmo gastó todos esos ahorros...". (...) "Qué se la va a hacer", contesta la interlocutora, "es la lucha, la lucha por la vida."
Personalmente aborrezco algunas de estas frases tan remanidas.
"La lucha por la vida", esa inconsciente vulgarización de cierto "darwinismo social" que está arraigado en algunos juegos del lenguaje "popular".
Nunca me gustó decir que "lucho por la vida", prefiero en cambio remitirme a una perspectiva más nietzscheana (¿neovitalista, tal vez?) que afirma que "la vida lucha por mí", que la vida, en cierto modo, litigia por cada uno de nosotros.
¿Cuestiones semánticas? ¿Mero divague del lenguaje? Cada uno es libre de creerlo.
Pero prefiero pensar que se trata de una cuestión actitudinal que repercute en nuestros propios proyectos.
Se trata, en rigor, de una cuestión de respeto. Respeto hacia la existencia que nos fue donada por la vida misma.
Por eso, la vida no requiere que "luchemos" por ella. Dejemos de lado la arrogancia y retomemos su milenario
ritual; cuidémosla, recreémosla y, con nuestros actos, dejémosnos guiar por su expansiva e impredecible obra.