
mosquitos, abejas, babosas, pájaros, peces...
¿Perciben lo mismo que los humanos? Posiblemente
de manera muy diferente. Nos mofamos de ser los
más "evolucionados", y ciertamente nuestra razón
y nuestro lenguaje es lo que nos distingue de ellos.
No obstante, Rilke en su Octava Elegía de Duino
parece otorgarle al viviente no humano (al igual
que a los niños y a los fugaces instantes que
imperan en la "breve vida" de los amantes) un lugar
privilegiado. Es el ámbito de lo abierto, de la
ingenuidad, del estar atravesado por la torrente
vital, por la mirada hacia esa incógnita que está libre
de la muerte...
Con todos sus ojos la criatura
ve lo abierto. Sólo nuestros ojos
están como al revés y alrededor,
trampas al acecho de la salida.
Lo que está afuera nos alcanza
sólo a través del animal; al niño
de tierna edad lo apartamos
para obligarlo a mirar atrás,
al mundo de la forma, no a lo abierto
que la faz del animal tan hondo
trasluce, libre de muerte.
Nuestra mirada sólo a ella ve.
Primera estrofa de la Octava Elegía de Duino